Fotografías en India

Ser una viajera solitaria con una cámara encima muchas veces es una complicación, existen lugares y culturas donde se dice que el retrato de una cámara absorbe la energía espiritual y no es extraño frente a una situación así que el retratado quiera encomendarte al de abajo.

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India era una situación desconocida para mi, donde los duros rostros y el extraño idioma no me dejaba descubrir como sería esta misión. Durante mis primeros días debo reconocer que casi no saqué la cámara, intentando investigar un poco sobre el comportamiento local y la reacción de la gente. Con el tiempo fui conociendo el lugar y a las personas, empecé a tirar los primeros disparos, mágicamente una energía se apodero de la cámara y las personas curiosas se acercaban para mirar.

Poco a poco, me acercaba preguntando si podía sacar una foto y en cada oportunidad me encontraba con la positiva respuesta de sus caras, pero algo mucho más inesperado fue el encontrarme con que para cada fotografía, los indios adquirían una pose innata, desafiante, mirando directamente el lente, enderezando la espalda y dejándome capturar cada sutil rasgo de sus rostros.

Fotografiar en India ha sido una de la experiencias más desconcertantes pero enriquecedoras donde he trabajado, donde la gente muchas veces levanta su mano para llamarme a que les tomé una foto o esperan a que mueva todos los botones para capturar la mejor luz posible mientras sus brazos cuelgan de la ventana de un tren y sus ojos siguen fijos en el obturador de mi máquina.

India es un país maravillosamente generoso, amistoso, con rostros expresivos y lugares desbordantes de color y texturas, donde los movimientos sutiles de los vestidos y el olor de las frutas logran impregnarse en los pixeles para obtener, curiosamente, esa imagen deseada.

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Reflexiones en un viaje

Después de 4 meses de travesía, yendo, viniendo, rearmando, soltando, dejando, aprendiendo, gozando, etc…, me he encontrado de frente con algo que siempre está conmigo y me acompaña día y noche.

Compañera fiel de toda aventura, quién me cuida, me aconseja, me reta, me acompaña y me enseña. Me ha mostrado mis limites, mis gustos y mis disgustos. Me acoge, me echa, me levanta y me hace dormir. Me ha mostrado mis apuros, mis errores y mis infinitas cosas buenas. Me ha presentado a la mejor gente del planeta que me han acogido y tratado como a una reina. Me ha mostrado que el camino es casi como un sueño limpio y claro el cual eliges recorrer de la manera que quieras y como quieras. De tener confianza en la vida y disfrutar el tiempo necesario para desenredar viejas arterias hechas nudos que privan de la calma interior y volver a sentir los cambios de flujo, libertad y creación nativos de mi ser, de saber que el mundo es infinito y todas las puertas están abiertas.

Esta compañera me enseñó la importancia de habitar mi cuerpo, de nutrirlo y conocerlo, de calzar en él cómo un traje a la medida.

Aquella valentía tan grande de la cual se habla, aquella valentía inmensa que hay que tener para llegar a una tierra desconocida completamente sola, no es tan grande ni tan valiente, es un salto, solo un salto mortal a una piscina de verano.

Pero entrar a tu tierra a escarbar, entender, sembrar y lidiar con conciencia y decisión a actos automáticos traídos del viejo mundo, esa si que es cueca.

Me quedan aún 3 meses más de camino por Norte América y anda a saber tú cuántos más por vivir y seguir con esta senda infinita llena de altos y bajos que ha quien necesitaré antes que cualquier cosa, será otra vez a quien habita dentro mío.