Reflexiones en un viaje

Después de 4 meses de travesía, yendo, viniendo, rearmando, soltando, dejando, aprendiendo, gozando, etc…, me he encontrado de frente con algo que siempre está conmigo y me acompaña día y noche.

Compañera fiel de toda aventura, quién me cuida, me aconseja, me reta, me acompaña y me enseña. Me ha mostrado mis limites, mis gustos y mis disgustos. Me acoge, me echa, me levanta y me hace dormir. Me ha mostrado mis apuros, mis errores y mis infinitas cosas buenas. Me ha presentado a la mejor gente del planeta que me han acogido y tratado como a una reina. Me ha mostrado que el camino es casi como un sueño limpio y claro el cual eliges recorrer de la manera que quieras y como quieras. De tener confianza en la vida y disfrutar el tiempo necesario para desenredar viejas arterias hechas nudos que privan de la calma interior y volver a sentir los cambios de flujo, libertad y creación nativos de mi ser, de saber que el mundo es infinito y todas las puertas están abiertas.

Esta compañera me enseñó la importancia de habitar mi cuerpo, de nutrirlo y conocerlo, de calzar en él cómo un traje a la medida.

Aquella valentía tan grande de la cual se habla, aquella valentía inmensa que hay que tener para llegar a una tierra desconocida completamente sola, no es tan grande ni tan valiente, es un salto, solo un salto mortal a una piscina de verano.

Pero entrar a tu tierra a escarbar, entender, sembrar y lidiar con conciencia y decisión a actos automáticos traídos del viejo mundo, esa si que es cueca.

Me quedan aún 3 meses más de camino por Norte América y anda a saber tú cuántos más por vivir y seguir con esta senda infinita llena de altos y bajos que ha quien necesitaré antes que cualquier cosa, será otra vez a quien habita dentro mío.

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